Fiscal Ibarra Ríos pone en aprieto a “prominente” empresario

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El fiscal dijo que no nos fuéramos, que esperáramos que su despacho nos daría la noticia del año. Creó con ese ofrecimiento –tal vez sin proponérselo- una enorme expectativa entre los reporteros que cubríamos la fuente judicial en el Palacio de Justicia de Ciudad Nueva.

No teníamos ideas de qué cosas se traía entre manos el funcionario, precisamente ese día que era de los primeros del recién iniciado gobierno del fenecido presidente Antonio Guzmán. La mañana transcurría de tensiones en tensiones en el despacho judicial, ya que se esperaba que desde la Presidencia se iniciaran sometimientos a  funcionarios salientes.

Como supuestamente vendría un “notición”, decidimos llamar a nuestros respectivos medios para adelantar que el fiscal “nos daría una bomba noticiosa” y que, por tanto, esperaríamos en la Fiscalía.

Desde temprano tratábamos de confirmar la veracidad del hecho que según se rumoreaba, había ocurrido a uno de los jueces. Iniciaba mi recorrido habitual temprano por las oficinas de algunos tribunales para buscar novedades noticiosas y me encontré con la infausta información de que, realmente un delincuente había violentado el hogar y causado daños a la esposa del juez de la Segunda Cámara Penal, quien a su vez era un alto oficial de la Marina de Guerra de entonces.

La noticia era impactante. Comuniqué el dato al veterano colega del vespertino Ultima Hora, César Rivera, ya que al considerarme un bisoño del reporterismo, algo me arrojó “luz” en el sentido de que debía considerar esa información como “altamente sensible”, lo que me obligaba no divulgarla como primicia en el medio en que laboraba, sin previamente confirmar el fatídico dato.

Cuando dije al colega esta información, éste ágil e inteligentemente me pidió que la confirmáramos con Ibarra Ríos, por dos razones que me planteó a seguidas: una, la magnitud del impacto que tendría esta noticia, y dos, porque si el fiscal la confirmaba daría a la misma una mayor trascendencia.

Acudimos raudos donde el fiscal y le planteamos el caso.

-“Pero bueno, a los periodistas no se le escapa nada, ¿cómo fue que ya se enteraron de la tragedia que le pasó a este juez?”, nos dijo entre sorpresa. Nos pidió que no la difundiéramos y como alternativa nos propuso negociar otra información que él estimaba sería más impactante. La condición: que no publicáramos nada respecto al caso del juez.

-“Aguanten esa noticia, a cambio yo le voy a dar otra más trascendente, “una bomba noticiosa” que estremecerá al país– expresó, y agregó:

-Deben aguantarse esa información, les van a hacer un daño enorme a ese juez divulgándola; de hecho, ya está destrozado. Él ha prodigado mucho aprecio a los reporteros y no merece que les den ese trato”.

Con esas expresiones Ibarra Ríos nos puso en una disyuntiva ética y profesional. ¿Deberíamos publicar esta información contra “viento y marea”, sin importar los daños colaterales que causaría?

El juez de la citada cámara era un reconocido profesional del derecho que compartía su función judicial con la carrera de oficial de la Marina de Guerra (actual Armada Dominicana). Parecerá extraño y hasta increíble, pero en esa época se estilaba este doble rasero, especialmente en los gobiernos del fenecido Presidente Joaquín Balaguer. Había jueces que además de sus rutinas judiciales, ejercían la triste y abominable práctica de ser “persecutores” de opositores del régimen, especialmente de dirigentes y militantes de izquierda. Conocida era la historia del “juez” que tenía en su despacho una “granada de guerra” que colocaba como prueba del delito a todo dirigente de la izquierda revolucionaria que juzgaba. Eran vivencias de la época.

En tanto, periodistas y fotógrafos esperábamos ansiosos la noticia “trascendental” que nos daría Ibarra Ríos. El funcionario insistía en que cumpliría la promesa que nos hizo mediante un acuerdo mutuo para que desistiéramos de publicar la traumática noticia del juez de la Segunda Cámara Penal. Se había precisado que este magistrado juzgó a un temible delincuente y le condenó a varios años de cárcel y que al término del juicio el reo, encolerizado, le vociferó:

-“Te pesará esta condena, te lamentará por el resto de tu maldita vida…”-.

Hizo la advertencia en pleno tribunal antes de ser conducido al penal y entonces no se puso atención a este ultimátum artero. Tras cumplir la condena el reo salió a vengarse del juez. Y cumplió alevosamente su amenaza,  le violó la mujer.

Para nosotros, mientras tanto, seguía la espera en el despacho del fiscal y en el ínterin, la situación se puso más tensa. El exdirigente de izquierda Tita Pujols había sido citado al despacho de la fiscalía y allí también se presentó poco después Ramón –Moncho- Henríquez, temible jefe del servicio secreto del gobierno de Balaguer.

Pujols había denunciado a la prensa hacía apenas unos días que Moncho Henríquez lo había torturado durante estuvo preso en una de las cárceles del país. La llegada del exoficial al despacho del fiscal, con la presencia  allí del antiguo dirigente de izquierda, se creó “una atmósfera de alta tensión” que envolvía la oficina del magistrado Ibarra Ríos, primer fiscal del gobierno del presidente Guzmán.

Estábamos expectantes cuando llegó Moncho Henríquez. En la puerta estaban los hermanos “Falcón”, dos fornidos oficiales de tez negra que hacían la escolta al fiscal y que procedieron a desarmarle a él  y a su guardaespaldas. Se lamentó mucho que luego uno de los Falcón cayó abatido en un intento de asesinato contra Ibarra Ríos.

Cuando Moncho Henríquez entró al despacho del fiscal, Tita Pujols que ya estaba allí. Se puso de pie y asumió una actitud de alerta como si se fuera a pelear. Igualmente el guardaespaldas de Moncho se puso vigilante, pero era observado de cerca por los “Hermanos Falcón”. Los periodistas esperábamos atentos el inicio de lo que creíamos sería una inevitable trifulca entre Moncho, acusado de torturador y el ex dirigente de izquierda que alegaba había sido torturado.

Ambos hombres se miraban fijamente. Cada quien se estudiaba, mientras se observaban los más mínimos movimientos de uno y del otro. ¿En qué desencadenaría esta situación? ¿Comenzaría una violenta pelea entre el torturador y el torturado en pleno despacho del fiscal?

-“Tranquilos, tranquilos, cálmense, cálmense, vamos a conversar”,-dijo Ibarra Ríos, quien en medio del tirante momento que se vivió en su oficina, seguía despachando con indiferencia envidiable. El mundo se pudo estar acabando y nada le importaba. Mientras a los demás los arropaba la angustia, éste increíble funcionario seguía impertérrito, como si nada ocurriera a su alrededor.

Pidió a los reporteros y a Tita Pujols que saliéramos del despacho para interrogar al reconocido exoficial de la policía de Balaguer. Luego invitó a entrar a Pujols. Conversó con ambos de manera separada y los despachó.

Supimos después que la presencia allí de Moncho Henríquez y Tita Pujols fue circunstancial y que una cosa no tuvo nada que ver con la otra. Nada que ver con lo que había dicho Pujols a la prensa días antes. Moncho había sido citado por una denuncia que hizo su mujer, en el sentido de que éste la sometía a “torturas psicológicas” que la tenían al borde de la locura. Precisamente esa mañana los periodistas pudimos ver a una señora alta, de color blanco, muy desmejorada, acompañada de un abogado.

Por: Emiliano Reyes Espejo

ereyes@indotel.gob.do

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