La palabra en sus inicios

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Por: Ramón Antonio Veras. 

Una vez el planeta tierra se enfrió lo suficiente para poder ser habitado por la especie humana, las relaciones entre las personas se establecieron mediante la comunicación.

Diferentes medios fueron utilizados por el individuo para el intercambio, hasta llegar al conjunto de sonidos articulados para expresar ideas por medio del lenguaje.

La facultad de hablar fue una gran conquista para el ser humano, e hizo uso de ella con sana voluntad y comedimiento. Las palabras malsonantes fueron desconocidas  en un principio.

Mientras imperó la afinidad de intereses entre los miembros de las distintas comunidades humanas, la fineza en el lenguaje se impuso, porque no existía motivo alguno para emplear palabrotas.

La muestra de atención y confraternidad cambió a la confrontación y con ella la modificación de la palabra que produce agrado, a la desagradable. La cortesía cedió su lugar a la grosería.

Una vez al ser humano lo convirtieron en oprimido, modificó su lenguaje de recatado a soez. De sus expresiones no podían salir las mismas palabras para el camarada, que las dirigidas al enemigo opresor.

El malhablado, el deslenguado tiene su origen en la lucha que se establece con la desigualdad; en la desavenencia que surge entre el esclavista y el esclavo.  La divergencia clasista  trajo el conflicto  en el uso de la palabra.

El desabrimiento, la aspereza y la  insuavidad, al igual que hablar con insolencia, están ligadas por el hilo conductor de la opresión, de lo que trae un orden económico y social basado en la injusticia.

Aquel que se siente víctima de un sistema injusto, habla en voz baja produciendo un murmullo, o da grandes voces con palabras hirientes para pregonar su indignación ante una vida maldita que busca dar a conocer con expresiones injuriosas cargadas de maldiciones.

Esos hombres  y mujeres  que  en nuestro país habitan  en barrios marginados,  sin garantía  de lo  indispensable para  subsistir dignamente, no hacen uso de un lenguaje adornado y retorico, sino  punzante, muy  lacerante  para fastidiar  a sus adversarios de clase.

Las   palabras desagradables que salen de las gargantas de nuestros compatriotas marginados de las bonanzas de la vida material y espiritual, debemos de tomarlas como el resultado de su amarga existencia, de la opresión que los lleva a la exasperación, a permanecer en estado de indignación.

El hablar vulgar, brusco que escuchamos en las masas populares de nuestro pueblo, es el de quienes llevan una vida de desarrapados, de indigentes sociales propensos a la belicosidad y a las expresiones fuera de tono.

La mayoría de las personas que aquí lanzan una especie de fuego por la boca, es porque no tienen posibilidad de vivir como la minoría nacional, en el ambiente ideal de placidez, sino en el desasosiego, como verdaderos desastrados.

Ningún ente social es violento por nacimiento, ni tiene en su cerebro un código de palabras para sentirse despreciable, sino que actúa con ímpetu o utilizando la fuerza, por causas ajenas a su sana voluntad.  La agresividad no le viene por un  deseo o propósito sin razón ni fundamento.

En los últimos tiempos, de tantos hechos marcados por la violencia, y escuchar tantas palabras groseras y una música indecente, algunos desesperados han llegado a formarse la falsa idea de que somos inclinados al peor comportamiento.

La agresividad verbal que a diario escuchamos en hombres y mujeres de nuestro pueblo, hay que analizarla partiendo de la sociedad donde estamos viviendo, sus estructuras y fenómenos sociales inherentes a ella.

En el país nuestro, muchos desorejados se mueven llenos de presunción y muy orgullosos de sí mismos, olvidándose que viven en la opulencia a costa de la opresión material y espiritual de la mayoría de ese pueblo que cuantas veces tiene la oportunidad saca de lo más profundo de su garganta palabras con el sello de sus pesares.

La historia de la lucha social nos dice, que a la explotación y a la violencia de los esclavistas, los esclavos respondieron con una baja en la productividad del trabajo, estropeando los instrumentos de producción, y haciéndoles saber de su indignación mediante palabras agresivas, totalmente fuera de tono y amenazantes. Las palabras de los oprimidos, formaban parte de su brega  contra los opresores.

En nuestro medio social, cada quien debe analizar detenidamente las palabras que en determinadas circunstancias emplean los marginados de la sociedad dominicana, las cuales constituyen una especie de testimonio de su vida amarga y un mensaje de sus aspiraciones para construir una sociedad sin desigualdades de oportunidades para todas y todos.

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